viernes, 20 de abril de 2012

If I Was Your Vampire XIV


- Hola… ¿estás sola?

Akasha arqueó las cejas ante su copa, que descansaba intacta sobre la barra, impresionada por tanta originalidad. Los humanos eran tan aburridos, tan vulgares, tan previsibles que a veces se sentía sucia cuando se veía obligada a fingir que sentía por ellos un interés que fuese más allá del ansia por saciar su sed. Levantó la mirada de la barra, buscando con los ojos al intelecto privilegiado que se había dirigido a ella con aquella audaz pregunta. Con una encandiladora sonrisa que enmascaraba completamente el desprecio que estaba sintiendo, respondió al humano:

- Me parece que la respuesta a esa pregunta es bastante obvia… ¿no crees?

Podía oler la adrenalina que corría en oleadas por dentro del organismo del humano, y escuchar cómo el latido de su corazón se iba acelerando por momentos. Una expresión de ligero azoramiento se reflejaba en su cara. “¿Qué pasa con los mortales? ¿a qué viene esto? – pensó - Estoy siendo bastante más amable de lo que te mereces…”. El humano apoyó su espalda contra la barra y, adoptando una ligera expresión de derrota, le dirigió una mirada de cordero degollado. Su cuerpo estaba bastante más cerca del de Akasha de lo que exigían las convenciones sociales.

- Romper el hielo siempre es difícil… no se me da nada bien… y menos con una chica tan imponente como tú – le dedicó una sonrisa falsamente inocente tendiéndole la mano – Me llamo Frank… ¿y tú?

No era demasiado guapo, y tampoco demasiado joven, pero al menos no era tan imbécil como le había parecido en un principio. Aquel humano también era un cazador, como ella, y estaba claro que haberle entrado con una frase tan sobada como “Hola… ¿estás sola?” para después fingirse abatido no había sido más que una treta, una técnica de caza, una manera de conseguir que la presa baje las defensas, aumentando así las posibilidades de éxito. Sin embargo, el ritmo de sus latidos no mentía. Aunque lo más probable era que aquel fuese su método habitual para ligar, la manera en la que las cosas le funcionaban, Frank estaba bastante nervioso y, seguramente, no se acababa de explicar por qué. Akasha se levantó de su asiento, ignorando abiertamente la mano que le tendía aquel humano, y se acercó a él hasta que sus cuerpos casi se rozaron, acorralándolo contra la barra.

- Me llamo Akasha – le dijo con una cálida sonrisa – y me alegro mucho más de lo que te imaginas de que te hayas decidido a hablarme – posó la mano izquierda sobre su cintura, acercó su rostro al de Frank y le dio dos besos – Encantada de conocerte.

No es que estuviese ardiendo en deseos de besar a aquel sujeto, pero su mano derecha seguía manchada de sangre seca y pus y no tenía demasiadas ganas de inventar falsas explicaciones para que un estúpido mortal la disculpase por tener la mano pegajosa. Aún sentía algo de quemazón en el interior del brazo, la palma de la mano le picaba horriblemente y se sentía, además, un poco mareada, pero prefería no pensar en lo que le había hecho Lestat, en lo hambrienta y débil que se sentía tras una agresión que no había durado más que unos segundos, en el tremendo poder que se ocultaba dentro de aquel engendro. Una vampiresa debe ser capaz de jerarquizar sus prioridades, y aquel no era el momento de analizar los acontecimientos, de sacar conclusiones o de sentir miedo… necesitaba sangre y la necesitaba cuanto antes. Aunque no tuviese ánimos para ello, era la hora de cazar.

- El… el placer es mío, Akasha – respondió Frank, algo descolocado – me parece que es la primera vez que te veo por aquí.

“No tengo paciencia para esta mierda ahora mismo” pensó la vampiresa, “no sé qué coño sería lo que me hizo Lestat, pero creo que me voy a desmayar de un momento a otro”. Su mano correteó desde la cintura del humano y subió grácilmente por su costado, paseando por su pecho y recorriendo su cuello en una sensual caricia. Finalmente, posó con suavidad el dedo índice sobre los labios de Frank y acercó su rostro más aún al del humano.

- Shhhhh – le siseó al oído mientras pegaba su pelvis contra él – si quieres llegar hasta el final conmigo, más vale que te calles y me beses.

Él la miró a los ojos durante unos segundos, completamente atónito, intentando dilucidar si aquella preciosa mujer estaba hablando en serio o si simplemente se reía de él, mientras sentía la suave presión de sus senos contra su torso y el leve contoneo de sus caderas, que se rozaban contra él al ritmo de la música… y decidió que “el que no arriesga no gana”, pegó sus labios torpemente contra los de Akasha en un baboso beso y la rodeó con los brazos, posando sus manos sobre las nalgas de la vampiresa. Ella consiguió disimular bastante bien el asco que le producía sentir aquella lengua hurgando dentro de su boca, la fláccida barriga de Frank aplastándose contra su cuerpo y sus manos amasándole las nalgas y empujándola toscamente contra su entrepierna. Se apretó más aún contra él, frotando ligeramente su cuerpo contra el del humano y besándolo profundamente, jugueteando con su lengua dentro de aquella boca que sabía a cerveza. Podía sentir el borboteo de la sangre corriendo por las venas del humano, chorros carmesí de vida llenando aquel cuerpo asqueroso y llamándola con voz seductora. Metió la mano por dentro de su camisa, empezó a acariciarle suavemente la piel de la espalda, y al fin sintió el bulto de su erección presionándole el pubis a través del pantalón… y las palpitaciones que producían, con cada latido del corazón, los ríos de sangre que le daban vida a aquel apéndice. No le gustaba demasiado que las cosas fuesen tan fáciles, pero aquella noche no podía permitirse perder el tiempo. Le lamió el cuello y le dijo en voz baja “¿Follamos en tu casa, en tu coche, o prefieres que lo hagamos directamente aquí, en los baños?”. Ya sabía cuál iba a ser la respuesta. Estaba más que acostumbrada a hacer cosas de ese tipo, aunque no solía ser tan obvia, y, a pesar de que los humanos le provocaban una cierta repulsión, tampoco le importaba demasiado permitirles que se recreasen con su cuerpo, que se creyesen que la estaban utilizando. Era parte de su ritual de caza. Sabía muy bien que la manera más fácil de ejercer un poder absoluto sobre cualquier humano era a través de la excitación sexual.

- No puedo esperar más… - jadeó él - vamos a los baños…

Akasha le dedicó una sonrisa lasciva, le dio la espalda y apoyó las nalgas contra su erección, haciéndole gemir levemente. Se apartó de él, le pasó el brazo por la cintura y lo condujo, caminando lentamente, hacia los baños del local. Durante el breve recorrido, ella iba acariciando discretamente su entrepierna, y no dejaba de sonreírle y besarle mientras pensaba “eres tan pequeño, tan triste y tan patético… ahora mismo eres como un zombie, sin voluntad… harías cualquier cosa que te pidiese… te pondrías de rodillas ante mí… lamerías la suela de mis botas… me adorarías como a una diosa… ”. Frank le devolvía cada sonrisa con una cierta adoración, y lanzaba miradas furtivas hacia su escote. Estaba tan obnubilado por la belleza de la vampiresa, sus caricias y su cuerpo que jamás habría llegado a sospechar el inmenso desprecio que realmente provocaba en ella.

Los baños del Bluebird parecían haber sido diseñados expresamente para gozar de una completa y absoluta intimidad. No era la típica hilera de cubículos separados por planchas de contrachapado. Las separaciones estaban construidas con sólidas paredes de ladrillo y la ancha ranura que suelen tener las puertas de los baños públicos en su parte inferior no existía. Un joven se estaba preparando una raya de cocaína en un extremo de la repisa de granito en la que estaban incrustados los lavabos, pero, o no se dio cuenta de la presencia de la pareja, o no le importaba lo más mínimo, porque no les prestó la menor atención ni cuando llegaron a los baños, ni cuando entraron, besándose y sobándose, en uno de los cubículos.

En cuanto la puerta estuvo cerrada, Frank alargó los brazos hacia los pechos de la vampiresa, pero ella hizo un arco con su brazo derecho y aferró las dos manos del incauto mortal antes de que llegasen siquiera a rozarla. Lo empujó violentamente contra la pared, inmovilizándole ambos brazos sobre la cabeza con una única mano. Él intentó forcejear para liberarse, pero la férrea sujeción de la vampiresa era tan sólida como un grillete. Parecía que, a fin de cuentas, no estaba tan debilitada como creía. Aquel era el brazo de la quemadura. Comprobar que, a pesar de todo, seguía siendo poderosa la excitó un poco y pegó su cuerpo contra el del humano, que quedó apresado entre la pared y la vampiresa, y empezó a contonearse contra él. El pobre incauto, completamente inmovilizado, jadeaba de placer al sentir aquel cuerpo voluptuoso apretándose contra el suyo, las gráciles curvas de Akasha acariciando toda su anatomía, pero no acababa de entender demasiado bien qué era lo que estaba pasando. Siguió frotándose contra él durante un buen rato, hasta que, cuando los jadeos del humano y la palpitación de la sangre en su entrepierna pusieron de manifiesto que estaba disfrutando más de lo que merecía, se detuvo, le dedicó una gélida mirada y le susurró “hoy no te vas a correr, cariño”.

Le tapó la boca con la mano libre, desplegó los colmillos y le dijo “vas a morir… ¿sabes lo que se siente al morir?”. Frank empezó a temblar. Intentó gritar, pero fue absolutamente incapaz de emitir ningún sonido, la mano de la vampiresa contra su boca parecía un sello hermético. Akasha le mordió en la mejilla izquierda, arrancándosela casi completamente, escupió el trozo de carne al suelo y le sonrió. La sangre empezó a manar a borbotones. “Lo peor de la muerte no es el dolor, querido Frank”, le dijo mientras iba lamiendo la sangre que resbalaba por su cara, “lo peor es el sentimiento de desesperación que conlleva… lo sé porque eso es lo único que siento la mayor parte del tiempo”. Unos gruesos lagrimones brotaban de los ojos del mortal, que intentaba gimotear a través de la mano que lo estaba amordazando. Akasha saboreaba su miedo, paladeándolo como si se tratase del más exquisito manjar, disfrutando tanto del sufrimiento de aquel humano como disfrutaba del sabor de la sangre “¿Todavía quieres follarme, Frank? ¿Quieres follar con un cadáver?”. Un charco empezó a formarse a sus pies. Frank se estaba meando encima y Akasha no podía dejar de sonreír.

Y entonces, le mordió en la yugular, empezó a beber y fue realmente consciente, conforme su poder y fuerza se iban reestableciendo, de lo vulnerable que había sido durante esa noche desde el momento en que Lestat le quemó la mano. Alimentarse siempre era orgásmico, siempre la hacía sentirse más poderosa, pero hoy era diferente, mucho más intenso, y sentir cómo la sangre iba reconfortándola, disipando completamente el mareo y llenando su cuerpo con todo el poder de Lilith sólo ponía de manifiesto que ese cabrón de Lestat la había dejado al borde de la muerte. El miedo que había sentido empezó a transformarse en un profundo y visceral odio hacia aquel ser, y, embriagada por la rabia, mordió el cuello del mortal con más fuerza, enterrando la mandíbula dentro de la carne, haciéndole pagar a él por el ataque que había sufrido su orgullo. La sangre chisporroteaba, escapándose de la herida en pequeños chorros que salpicaban el rostro de la vampiresa, las paredes del cubículo y la mandíbula de Frank, pero a Akasha le traía sin cuidado. Mordisqueaba ávidamente al mortal, como un animal salvaje, enterrando sus colmillos en el despojo sanguinolento en el que estaba convirtiendo su cuello, y bebía sin preocuparse por la sangre que se estaba echando a perder. El odio, mezclado con la narcotizante sensación del sabor de la sangre, le había hecho perder el control de la situación y cuando, finalmente, comprendió que el cuerpo estaba completamente seco y que lo único que estaba haciendo era masticar una pulpa de carne humana, se apartó asqueada. Tardó unos segundos en percatarse de que la cabeza de Frank bailaba sobre su pecho sujeta únicamente por unas cuantas venas y un trozo desgarrado de piel. Le había atravesado las vértebras cervicales a mordiscos y ni lo había notado. “Mierda” pensó, “mierdamierdamierda ¡Si ni siquiera tenía pensado matarte!” le dio un empujón en el hombro al cadáver, como si todo fuese culpa suya. “Estoy encerrada en los baños de un bar humano, con un cadáver humano destrozado… y todo por ese… Lestat”. Sentía tanta rabia que su cuerpo temblaba “te arrancaré los ojos… te cortaré la nariz y haré que te la tragues… me da igual lo que seas o los poderes que tengas… nadie jode a Akasha…”, miró hacia el cadáver semi-decapitado, “excepto tú, claro. Y ahora… ¿cómo me voy a deshacer de este despojo?”. Odiar a Lestat era algo irrelevante comparado con la Mascarada. Le dio al cadáver un segundo empujón en el hombro, cargada de frustración, y la cabeza de Frank se desprendió del cuerpo con un sonido viscoso, cayendo al suelo. “¡Y aún encima estoy cubierta de sangre por todas partes!” como habría hecho un niño con una rabieta, le dió un pisotón a la cabeza, que se aplastó con la misma facilidad que si se tratase de una cucaracha, esparciendo trozos de cerebro, astillas de cráneo y fluidos por todo el suelo del cuarto de baño… y entonces se le ocurrió cómo podía hacer desaparecer el cadáver. Recogió del suelo un puñado de Frank compuesto por varios ingredientes de su cabeza aplastada, lo arrojó al inodoro y tiró de la cisterna, observando atentamente lo que ocurría. Se sintió aliviada al ver cómo la cañería engullía toda aquella inmundicia sustituyéndola por agua limpia.

- Está bien… - masculló mientras arrancaba una de las manos del cadáver - no va a ser fácil, ni va a ser agradable… - la arrojó al suelo y empezó a pisotearla - pero al menos no necesito pedirle favores a nadie – contempló la pulpa viscosa que acababa de fabricar a pisotones y se agachó para recogerla – lo que me pregunto es – arrojó el puñado de pulpa al inodoro - ¿qué tal se limpiarán las manchas de sangre de la ropa con agua de retrete?

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