jueves, 15 de marzo de 2012

Anda Que No Vivo Bien (para estar en el paro)

Vivir en los bares tiene sus ventajas. Tal vez mi hígado me odie a muerte a estas alturas (¿tal vez? Me extraña que no me haya enviado un asesino a sueldo todavía) pero, en cuanto alcanzas un cierto grado de confianza con lxs camarerxs, empiezan a pasar cosas mágicas, como cuando te cambian el pincho de albóndigas de pez espada por uno de queso de cabra porque saben que no te gusta el pescado, cuando te sirven el segundo Mencía sin tener que abrir la boca... o cuando el dueño te invita a ir con él a una visita promocional a una bodega de Mencía en Orense.

Yo no estaba muy seguro de a qué atenerme, la verdad, pero cuando te venden la película de que vas a beber gratis hasta reventar, es difícil resistirse, así que, el pasado lunes me levanté a las ocho de la mañana, como las personas normales, y tras ducharme, desayunar y hacer todas esas cosas que también hacen las personas normales después de levantarse de cama, conseguí estar en el lugar acordado a las nueve para ir en coche (acompañado por varios empresarios de la hostelería local, que sonará feo, pero es lo que hay) hasta Porriño, en donde nos recogería el autobús pagado por Santa Marta Bodegas para llevarnos hasta el otro puto extremo de galicia.

El bus ya venía cargado con gente de nochedónde, y aún recogimos a peña en otros sitios, pero mejor me voy a comer el viaje, porque la verdad es que no pasó nada interesante en el autobús... nadie vomitó, nadie se peleó con nadie, nadie echó un polvo en los baños (ahora que lo pienso... ¿habría baños?)... vamos, lo que viene siendo un viaje tedioso y aburrido. Al cabo de miles de horas encerrados en el bus (es decir, sobre la una) llegamos al fin a Corgomo, donde está la bodega, muertos de hambre y, sobre todo, de sed. Nos recibió el encargado (que, por cierto, es extremeño) con los típicos "¿qué tal el viaje?" y "vosotrxs desde dónde venís?" y, sin tiempo para echar un cigarro siquiera, nos volvió a enclaustrar en el bus, porque nos quería enseñar los viñedos. Allí, entre hectáreas de cepas con un aspecto un tanto desangelado (en esta época del año, están peladas del todo), nos contó toooodos los aspectos que influyen en la calidad de la uva, en los diferentes sabores y matices que puede adquirir el producto según su disposición en la orografía del terreno y también según la composición de la tierra y nos explicó cómo todo ello tiene su reflejo en el producto final. Si no viniese de una comarca con su propia tradición vitivinícola, supongo que el discurso me habría interesado más, pero la verdad es que el 80% de lo que nos soltó el chaval me sonaba a peli-que-ya-me-he-visto. De todas maneras, el paisaje era bonito, incluso con todas las vides horrendamente peladas.

De ahí otra vez al bus, y de vuelta a la bodega, en donde nos contaron, en plan "visita guiada", todo el proceso de elaboración de los distintos tipos de vino que comercializan. Esta parte me interesó bastante más, pero tampoco me voy a extender contándolo todo aquí ¿no? La visita tenía su discurrir lógico, que conste: primero nos enseñaron las viñas, después las máquinas de prensado de la uva, luego los depósitos de fermentación (para el vino más "a producción industrial") y las barricas (para el vino de postureo y más caro... que no llegamos a catar ¬¬) y, finalmente, la planta de embotellado y etiquetado. Mientras estábamos visitando la bodega, pude escuchar cómo probaban sonido los músicos contratados para la ocasión, por lo que me esperaba que, antes de comer, tuviésemos una "sesión vermouth", llena de pompa y glamour, con sus pinchitos y sus vinitos amenizados a base de pasodobles y música de igual calaña. Craso error. Nada más acabar la visita, nos dirigieron a un salón-comedor, nos llenaron la mesa de botellas de vino y nos trajeron la comida: un PEAZO COCIDO GALLEGO, con su chorizo, sus garbanzos, su oreja, su costilla, su patata cocida... con todo lo que hace falta, vamos.

Aparte de los ingredientes habituales, tuve la ocasión de probar algo llamado "androlla", que viene siendo como un botillo, pero algo más estrecho (y, para quien no sepa lo que es el botillo: es como un megachorizo gigante que, aparte de trozos de carne, grasa y especias, también lleva costilla). Vino va, vino viene, fue cayendo el contenido de las bandejas, y, cuando ya pensaba que iba a reventar, alguien me dijo "pues ahora viene el caldo", dejándome así como quien piensa "¿¡Eins!? ¿DESPUÉS del cocido? y... ¿¿con "esta caló"??". Otro craso error... el caldo del cocido por aquella zona es bastante más suave que el que hacemos en mi tierra y la verdad es que me ayudó a asentar la comida (y, ya de paso, fue una buena excusa para no dejar de beber, qué coño). Aún así, cuando me pusieron delante el plato del postre, me volví a quedar en plan "¿Y ahora cómo cojones me voy a meter todo esto entre pecho y espalda?" : Un trozo generoso de brazo de gitano y dos raciones de leche frita. Desde luego, sed no pasamos, pero hambre TAMPOCO.

Y ya poco quedaba... cafés, licores varios de la tierra y la "orquesta" que empieza a tocar. Entrecomillo la palabra orquesta porque venían siendo tres vejetes: el cantante (que era clavadito a Bud Spencer), un bajista y un guitarrista, acompañados por una resultona caja de ritmos. No sé si sería porque estoy más fuera del mundo de lo que creo o por alguna otra razón, pero quitando alguna del Fito de los cojones o de Sabina, no reconocí prácticamente nada de lo que tocaron, y, sin embargo, todo el resto de la gente parecía sabérselas enteritas (igual el hecho de que la media de edad fuese de unos 60 años influye). A pesar de que intentaron varias veces sacarme a bailar, conseguí mantener el tipo y me dediqué a hacer lo que hago habitualmente en estos casos: quedarme sentado, beber, mirar cómo tocan los músicos, seguir bebiendo, reirme de lo que hacen mis amigxs, beber un poco más, farfullar juramentos a ratos y volver a beber.

En uno de los descansos que hizo la orquesta, me reclamaron en el "escenario", así que, no me quedó otro remedio que ir a tocar unas cuantas canciones (y lo digo... como si me hubiesen hecho una putada, o algo), pero las aguas volvieron pronto a su cauce y me volví a mi sitio otra vez. Al cabo de un rato una de las camareras se acercó a decirme que al guitarra no le había hecho ninguna gracia y que le había dicho "yo tengo dos cosas que no quiero que me las toque nadie, una es la novia y la otra, la guitarra", pero, como no había sido culpa mía, qué coño le vamos a hacer. De todas maneras, en cuanto, a eso de las seis y media, se acabó la fiesta, me acerqué al hombre para decirle que yo no quería, que me habían obligado, que yo soy igual que él y demás disculpas azoradas... y él me contestó que "el problema es que nunca sabes quién la va a coger, pero cuando vi que tocabas de puta madre, ya me quedé tranquilo". No me lo acabé de creer, porque a mí NO me gusta NADA que la gente toque mi guitarra, pero como siempre mola que le laman el culo a uno, tampoco me iba a quejar.

A todo esto, la visita a la bodega se había acabado, así que, bus otra vez y para casa. El viaje de vuelta me lo pasé casi todo durmiendo, por lo que pesó menos que el de ida.

Y cañita en Porriño, un par de cubatas (que tampoco pagué) en un bar prácticamente vacío en el pueblico, y de repente alguien me había puesto una guitarra en las manos otra vez...


Mmm ¿soy yo o esta entrada más que una crónica de la visita a una bodega parece una de esas "entradas personales" en las que la gente cuenta su puta vida?


Creo que va siendo hora de echar el freno.


Os dejo unas cuantas fotos del evento.



Esta foto pretendía ser sólo de las botellas de vino Mencía (tinto) y
Godello (blanco)... pero cuando la saqué, ya había empezado a beber.


Este es mi plataco de cocido. Cuando se me ocurrió sacarle la foto ya faltaba la
mitad y la androlla estaba ya desmenuzada, pero para que os hagáis una idea,
creo que vale ¿no?



Y de segundo... ¡sopa! (nótese el detalle del cenicero al lado...
¡¡se podía fumar sin tener que irse a la puta calle!!)


Con el postre me pasó como con el cocido... cuando me acordé de sacarle la foto,
ya faltaba la mitad, pero os aseguro que la ración era generosa. Como se puede
observar por el encuadre de la foto, iba bastante perjudicado a esas alturas.



Este no es el viñedo que fuimos a visitar, sino uno que se veía desde la
ventana del salón comedor, pero la pinta viene siendo la misma.



Estas son las botellas que nos pimplamos en mi zona de la mesa
durante la comida... luego aún cayeron unas cuantas más.



Bud Spencer y su orquesta.


Poco después de esta foto, estaba todo el mundo bailando menos yo...
si ej que soy un soso y un saborío (que creo que es lo mismo).

2 comentarios:

alcorze dijo...

jejejeje, a mí me ha gustado la entrada, aunque sea personal ;D

Se come (y bebe) de puta madre por tu tierra, aunque lo cierto es que en esta puta península de mierda se come y bebe bien en todas partes (algo bueno tendría que tener este maldito pais).

La comida tiene una pinta cojonuda. Yo me hubiera puesto hasta el culo también, aunque el postre lo perdono que no me van mucho.

¡Un saludo!

El Cuervo del Infien-no dijo...

Pues menos mal que te ha gustado, porque a veces me da la impresión de que sólo me lees tú XD.

La verdad es que yo he comido bien en todos los lados del Estado por los que he pasado, pero tampoco han sido tantos. En cambio, mi padre, que se ha comido años y años pululando por toda la península, sólo habla bastante mal de valencia y de ciertas zonas de andalucía... del resto de los sitios siempre se ha vuelto con recetas nuevas y buenas :P

Y... sí, la pinta de la comida era cojonuda, pero luego estaba incluso más buena ^^

¡¡Gracias por leerme y comentar, Al!!