miércoles, 15 de junio de 2011

If I Was Your Vampire... XIII


- Puedes culparme de tu dolor si así lo deseas – susurró el pequeño Rüdiger al oído de la chica encadenada mientras, suave pero eficientemente, realizaba un nuevo corte sobre su torso desnudo con la arcana daga ritual – pero aunque sea mi mano la que libera tu sangre, es Lilith quien la guía – la sangre de la muchacha brotaba de los cortes repartidos por todo su cuerpo en forma de finos hilos carmesí, resbalando sobre su piel desnuda hasta la superficie del altar. El niño alzó la daga sobre su cabeza con ambas manos, apuntando con la hoja ensangrentada hacia el techo de la sala, y recitó con voz solemne – ¡Har’ge nat hordas drcu’hem, Mater! ¡Thatsa’harë nher offer! ¡Iä, Magna Lilith! ¡Drah’n virgin al’hë, n’faggahn areth! ¡Gehenna laft nher’rë nos! ¡¡Sanguis vitam est!!

El Príncipe observaba la escena desde uno de los asientos del templo, paladeando el dulce olor a sangre de virgen, recreándose en el sufrimiento de aquella joven que agonizaba lentamente, contemplando cómo el cuerpo desnudo iba palideciendo cada vez más, cómo el tono sonrosado de la piel de la muchacha se transformaba lentamente en un insano color blanquecino y escuchando el sonido de su corazón, que luchaba por seguir latiendo. Mientras Rüdiger trazaba la marca de Lilith con la hoja de la daga, primero en la yugular de la muchacha, después sobre el corazón y, finalmente, sobre su frente, el Príncipe no podía evitar preguntarse hasta qué punto aquellos arcanos rituales servirían realmente para algo. No es que no creyese en la magia de la sangre, por supuesto, al fin y al cabo, era príncipe de una estirpe maldita que debía su propia existencia a esa magia. Sabía que era algo real y había visto demasiadas veces a lo largo de su vida lo devastadores que podían llegar a ser sus efectos, pero sin embargo, no estaba del todo seguro de que toda aquella parafernalia religiosa a la que se abandonaba Rüdiger fuese el camino más efectivo para poner freno a los acontecimientos de los últimos tiempos. Intentaba convencerse a sí mismo de que las profecías de su consejero eran ciertas, de que todos y cada uno de los recientes ataques a la Mascarada no eran sino señales de la llegada de la Gehenna, de que suplicar la ayuda de Madre ofreciéndole sacrificios a través de los Ritos de Lilith era más que suficiente para cambiar de nuevo el rumbo de las cosas… pero no lo conseguía. Los sucesos que estaban teniendo lugar le parecían demasiado mundanos como para tener un origen trascendental… filtraciones a la prensa sobre la existencia de los vampiros, cadáveres humanos abandonados en lugares visibles, viejos lugartenientes de confianza que aparecían muertos… y, sin embargo, valoraba demasiado la sabiduría del pequeño vampiro como para poder permitirse despreciar su criterio o sus métodos.

Con extremo cuidado, evitando a toda costa deformar la marca de Lilith que había dibujado sobre el corazón de la chica, Rüdiger atravesó su pecho izquierdo con la daga y trazó un corte circular, abriendo un pequeño orificio en la carne. Apenas quedaba ya vida en su cuerpo, pero sin embargo, cuando el niño introdujo su brazo por la herida rompiendo dos de sus costillas con un crujido acuoso y desgarrando un trozo de su pulmón, la joven consiguió reunir fuerzas suficientes como para emitir un estremecedor alarido de dolor. La última imagen que vieron sus ojos fue la de su propio corazón latiendo débilmente en la mano de aquel engendro, pero murió antes de llegar a ver cómo los pequeños dedos de Rüdiger lo aplastaban, dejando caer un chorro de sangre directamente sobre el dibujo de su pecho al ritmo de un “¡Iä! ¡Iä! ¡Lilith fhtagn!”.

El Príncipe paseaba sensualmente la punta de la lengua por su labio superior mientras pensaba que tal vez los sacrificios ayudasen o tal vez no, pero, desde luego, eran un espectáculo impagable. “Hay algo de mortificación en todo esto”, pensó, “ver la sangre correteando por la piel de la virgen, oler su miedo, sentir cómo tu instinto de cazador te grita desde las entrañas que te abalances sobre ella y bebas hasta la última gota… y saber que debes contenerlo…”. Una melodía perteneciente al Lago de los Cisnes de Tchaikovski rompió el silencio de la capilla, interrumpiendo bruscamente el hilo de sus pensamientos. Rüdiger dirigió al Príncipe una mirada cargada de odio, como si acabase de ser objeto de una profunda ofensa, y este respondió a la mirada de su consejero con una expresión de cariñosa piedad mientras se sacaba el móvil del bolsillo de la americana y respondía a la llamada con un seco “más vale que sea importante”.

- Eh… Príncipe… es decir… alteza… - titubeó la voz al otro lado del teléfono.

- ¿Faith? ¿De verdad la más insolente neonata de la zona acaba de cometer la osadía de llamar directamente a mi teléfono? De hecho… ¿cómo es posible siquiera que tengas mi número?

- No me digas que la he vuelto a joder… ¿es que se supone que no puedo ni llamarte? –su voz tenía una tonalidad cínica - Tengo algo importante que decirte… ¡Sólo quiero ayudar, joder!

- Cuida tus modos, neonata, no olvides con quién estás hablando – contestó el Príncipe cargado de desprecio. La manera en que pronunciaba “neonata” era casi equivalente a un escupitajo en la cara de Faith.

- Lo siento alteza... me humillo ante vos e imploro vuestro perdón por mi… - titubeó una vez más - … ¿desvergüenza? – se sentía patética intentando estar a la altura de las circunstancias sin conseguirlo – pero hace un rato he visto un…

- Debes esperar a que te conceda el perdón antes de volver a dirigirte a mí – dijo el Príncipe con autoritaria sequedad, cortando la frase de la vampiresa – dada la cantidad de veces que te he tenido arrodillada ante mi trono durante tu corta existencia, es algo que ya deberías haber aprendido – su condescendencia era deliberadamente insultante.

- Si alteza… lo siento alteza… - musitó con aparente humildad mientras pensaba “ya te gustaría tenerme arrodillada delante tuya, pedazo de cabrón, pero no precisamente implorando”.

- Tienes potencial, Faith, y esa es la única razón por la que sigues existiendo, pero ya va siendo hora de que abandones esa costumbre tuya de olvidar cual es tu sitio. Estás perdonada… por esta vez. Y ahora dime… ¿qué acontecimiento es tan importante como para que te atrevas a molestar al mismísimo Príncipe de los vampiros?

- Alguien la ha jod… eeh… - buscó en su mente las palabras adecuadas sin encontrarlas, y acabó decidiendo que no iba a intentar utilizar el mismo estúpido y rimbombante lenguaje que usaban el resto de sus hermanos al dirigirse al Príncipe. El cabrón estirado tendría que conformarse con un discurso libre de palabras malsonantes – alguien ha dejado el cuerpo de un humano completamente seco en plena calle principal… lo he visto hace un rato… y había un buen jaleo montado alrededor… médicos, la policía y también un grupo de cotillas… no sé si podréis tapar algo así, pero pensé que debía informar…

- Entiendo… ¿había algo que pudiese probar que tan desafortunado incidente ha sido provocado por nuestra estirpe? – su voz sonaba fría y distante.

- Ya os he dicho que el cuerpo estaba seco… y creo que el mordisco de la yugular tampoco nos ayuda demasiado a escondernos de los humanos…

- Entiendo – repitió el Príncipe – Has hecho lo correcto informando, es necesario conocer este tipo de acontecimientos lo antes posible, pero… la próxima vez que tengas información relevante, dirígete a tu Sire, o al Lugarteniente de la zona… o, si no eres capaz de localizarles, simplemente habla con cualquiera de tus hermanos. Todos son mucho más antiguos que tú y conocen bien los protocolos a seguir en estos casos.

- Así lo haré, Alteza… gracias por vuestra clemencia con esta estúpida neonata – respondió Faith insolentemente – aunque… hablando de lugartenientes… hace semanas que no veo a Eric por ningún lado.

- Cuidado, Faith… - farfulló el Príncipe entre dientes, y colgó. La neonata no parecía aprender jamás. Suspiró y se guardó el móvil en la americana.

- Tal vez deberíais cortarle la lengua.

Escuchar la suave voz de Rüdiger a su espalda le sorprendió. No faltaba demasiado para acabar el ritual cuando la llamada les interrumpió, pero no esperaba que se acercase a escuchar la conversación teniendo el cadáver desnudo de una virgen para entretenerse. Se giró y estudió el inexpresivo rostro del niño para intentar dilucidar si bromeaba o estaba hablando en serio, pero sus ojos, de un azul tan claro que era prácticamente blanco, eran inescrutables. Uno nunca sabía a qué atenerse con él.

- No ha sido uno de los nuestros… - puso los ojos en blanco - ha sido el Heraldo… ya está en nuestro mundo… y el Ritual ha sido interrumpido… - levantó la daga ensangrentada, colocándosela delante del rostro – la neonata debe pagar.

- La neonata nos ha sido útil por una vez, y merece misericordia. Además… ya habías acabado cuando mi teléfono sonó.

- No es cierto, Alteza… ¡Interrumpió la plegaria final! ¡La parte más importante!

- Mi sangre es sagrada, Rüdiger, y mi palabra también… - aferró al niño por el pecho y lo levantó en peso hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura - no me hagas recordártelo. He dicho que la neonata merece misericordia, y ese veredicto es incuestionable. Y… ¿desde cuándo resulta que el Heraldo de la Gehenna se alimenta de sangre humana? ¿Es que también es un vampiro? – lo arrojó al suelo y le gruñó - Si empiezas a decir necedades, dejaré de protegerte.

- Lo siento, Alteza… pero el Heraldo se alimenta de carne y sangre de cualquier tipo… prefiere la nuestra, pero también puede comer humanos… y no respeta la Mascarada.

- Si de verdad es así… ¿Por qué he tenido que esperar hasta ahora para saberlo? ¿Por qué no me lo contaste cuando apareció el primer cadáver humano sin sangre rompiendo abiertamente la Mascarada?

- Y vos… ¿Por qué no habéis hecho pública aún la muerte de vuestro lugarteniente Eric, ni habéis nombrado un sustituto? ¿Por qué gente como Faith no tiene todavía un supervisor más directo que el propio Príncipe? – al escuchar esto, el Príncipe le dirigió una mirada que reflejaba comprensión – La información es poder, Alteza.

- Una vez más me demuestras tu sabiduría, Rüdiger – se acuclilló para estar a la misma altura que el niño – Está bien… yo debo mover algunos hilos para que el pequeño problema que nos ha contado Faith no crezca más de la cuenta. Tú haz todos los sacrificios y conjuros que creas convenientes para frenar esto… tienes carta blanca, pero no oses tocar a ninguno de los nuestros sin consultarme primero.

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