miércoles, 10 de marzo de 2010

If I Was Your Vampire... XI


- Zorra asquerosa… jodida perra engreída… mierda de furcia de mierda…

La vampiresa no había dejado de farfullar improperios desde su encuentro con Akasha. Se sentía más que insultada… sentía la humillación que siempre provoca el tener que agachar la cabeza y someterse a los caprichos arbitrarios de un superior y la rabia contenida se destilaba siseante entre sus dientes en forma de palabras de desprecio. No era más que una infantil manera de librarse de la impotencia y abrumación que sentía ante las jerarquías de la noche, ante las férreas normas que intentaban, a un tiempo, domar y maquillar de fría cortesía la encarnizada competición entre vampiros por la sangre humana.

En un principio, ser vampiresa le había parecido como un sueño cumplido… al fin se sentía libre para hacer lo que quisiese con su vida, al fin podía decir de verdad que era un ser superior a aquellos que la rodeaban, al fin podía sentirse una con la noche y con la oscuridad… pero no tardó demasiado en darse cuenta de que la realidad era menos bonita de lo que había imaginado cuando, con sus amigos góticos, fantaseaba sobre el tema. Todo eran puertas que se cerraban, miradas de desprecio, comentarios cínicos… y órdenes. Y reglas. Parecía que cada vez que uno de sus nuevos hermanos se dirigía a ella, era para hacerle entender cual era su lugar entre las criaturas de la noche, para restregarle que apenas tenía poderes vampíricos, para expulsarla de reuniones y orgías o, si no, para explicarle, con fría condescendencia, por qué la había cagado esta vez y cómo debía implorar para que el Príncipe le perdonase la vida. Hacían que se sintiese estúpida y vulnerable… como si fuese lo más despreciable entre todas las criaturas de la noche.

Apenas hacía dos años desde que se había despertado, pero los desplantes de sus hermanos habían sido ya demasiados y, la mayoría de las veces, absolutamente incomprensibles e injustificados para ella. La consecuencia más real del continuo desprecio era que en su mente iban creciendo cada vez más el rencor y el resentimiento contra las jerarquías de la Mascarada. “Todos los vampiros somos hermanos” pensó “pero algunos son más hermanos que otros…”.

Lo que acababa de ocurrirle con Akasha era otro absurdo golpe contra su orgullo. Las dos habrían podido cazar en el Bluebird esta noche sin estorbarse la una a la otra, o habrían podido, incluso, aliarse para saciar su sed juntas… su mente no era capaz de imaginar ninguna razón lógica para que la hubiese echado de allí como la echó.

El comentario cínico con que la saludó, “Zorra”, la manera en que apartó su mano, “Jodida furcia”, cómo la hizo callar, dando a entender que, en realidad, Faith no tenía derecho a decirle nada, y mucho menos a protestar, “Perra engreída”, la manera en que jugó con su mente, coqueteando con ella para después amenazarla, “Cerda manipuladora”, el beso, que sólo… “Mmmm… el beso”… que sólo había sido un arma de Akasha para descolocarla… “¡Puta!”.

Y ahora tenía que buscar otro lugar para cazar esa noche. La sed empezaba a provocar los primeros efectos en su organismo, la rabia contenida por lo que acababa de ocurrirle con Akasha se sumaba a la que nublaba su mente por el hambre. Sentía la boca muy seca, la lengua rasposa, y un ligero dolor de cabeza. Ese era otro aspecto del vampirismo que la había sorprendido y decepcionado. En realidad, no eran poderosas criaturas sobrehumanas que cazan por pura diversión o crueldad, sino simples yonkis de la sangre que se quedaban a merced de un doloroso síndrome de abstinencia cada noche que no conseguían encontrar su dosis. Faith había aprendido pronto a ver su nueva condición como una condena y no como un privilegio. Durante la primera semana tras su despertar, su Sire, su Padre de la Noche, la mantuvo encerrada en un sucio zulo. Completamente sola y sin saber aún que era al fin la criatura que había deseado ser desde hacía años, sin alcanzar a comprender por qué era capaz de ver, oír, oler y, en definitiva, sentir el mundo que la rodeaba de una manera completamente distinta a la que estaba habituada. Completamente sola y enloqueciendo por una sensación nueva para ella que iba creciendo por momentos… aquel hambre voraz que no era completamente hambre, aquella sed brutal que no era totalmente sed, y el dolor que provocaban en su cuerpo y en su mente.

Allí, en aquel pequeño y oscuro cuarto de paredes mohosas, Faith quiso morir sin saber que ya estaba muerta, quiso morir porque el dolor se había vuelto insoportable y porque, en su mente, una especie de furia animal le susurraba palabras de muerte y odio a la vez que un sentimiento de absoluta desesperación crecía cada vez más. Lo había intentado todo… había pateado la puerta hasta la extenuación, había buscado vanamente algún resquicio en las asquerosas paredes del zulo en el que pudiese intentar empezar a hacer un agujero por el que escapar, había tratado de escarbar con las uñas en el suelo de hormigón,arrancándose de cuajo dos de ellas en el proceso y destrozando todas las demás, e incluso se había arrojado contra las paredes, en un inútil intento por abrir una salida, pero sólo había conseguido debilitarse más aún y aumentar el dolor y la desesperación que sentía. Y, completamente derrotada, acurrucada en el suelo, retorciéndose tanto de dolor que apenas se podía mover, decidió abrirse las venas a mordiscos para acabar con el sufrimiento de una vez. Sus colmillos crecieron sin que ella alcanzase a percibirlo y los clavó en su muñeca izquierda, pero, cuando sus dientes rasgaron la piel, introduciéndose en su carne muerta, la sangre no brotó, y el mordisco, en lugar de dolerle, le produjo un extraño placer… fue en ese momento cuando al fin lo entendió todo.

No estaba segura de cuánto tiempo había pasado entre aquella especie de revelación y la noche en que su Sire apareció para liberarla, con un vaso de sangre caliente en las manos, porque el agónico dolor alteraba su percepción del tiempo, pero el vampiro le contó que había transcurrido una semana desde la noche en que había bebido de él. Tras tragar ávidamente la sangre que le había traído y notar cómo el dolor y la agonía desaparecían casi mágicamente, quiso preguntarle por qué no había sangrado al morderse la muñeca, si era verdad que la luz del sol la mataría, si debía evitar los crucifijos y la plata, si… pero él la mandó callar con un gesto de la mano para decirle “Ven conmigo… has de presentar tus respetos al Príncipe”.

Los recuerdos de su terrible iniciación y de sus primeros días como vampiresa amenazaron con golpearla, pero de todo eso hacía ya mucho tiempo (aún no era totalmente consciente de que, teniendo la eternidad por delante, dos años escasos no eran nada), y lo único que realmente le importaba a Faith eran el aquí y el ahora, y aquí y ahora vagaba por las calles de la ciudad, expulsada del Bluebird, sintiendo cómo el hambre crecía poco a poco en su interior, farfullando palabras de puro odio contra Akasha y preguntándose dónde iba a encontrar comida para esta noche... ¿tal vez en el Chaos Zone? ¿en el Armagoddamn? ¿en...?

Las luces de un coche de policía deslumbraron sus ojos sacándola de sus pensamientos y trayéndola de vuelta al mundo real. Estaba aparcado en una esquina y, cuando se acercó un poco más, pudo ver al pequeño grupo de curiosos que se había reunido allí, la ambulancia, aparcada detrás del coche patrulla, al detective, que, vestido de paisano, interrogaba a una llorosa y gimoteante chica rubia, negando con la cabeza y tomando notas en una pequeña libreta, y también pudo ver la cinta amarilla que delimitaba, inequívocamente, la escena de un crimen. Estaba a punto de preguntar a alguno de los curiosos qué había pasado cuando se fijó en el cuerpo muerto que yacía en el suelo. Se quedó petrificada… el cadáver no tenía ni una gota de sangre… lo sabía por su olor... y, además, desde donde estaba, se podía ver claramente la herida con forma de brutal mordedura que tenía en el cuello, justo en la zona de la yugular. Quien quiera que fuese el que había hecho aquello, le había arrancado un trozo de carne tan grande que se podía ver incluso el hueso entre el tejido desgarrado.

“Mierda” pensó Faith “aquí… en la jodida calle principal… para que lo vea todo el mundo… ¿quién habrá sido el imbécil?“, pero su preocupación por la Mascarada se transformó al momento en otra más egoísta, aunque no menos importante “Tengo que largarme de aquí… si alguno de mis hermanitos me ve, seguro que le irá corriendo al Príncipe con el cuento de que lo he hecho yo… la que siempre la caga”.

Rodeó el precinto policial, como si no le importase en absoluto lo que estaba ocurriendo allí, y retomó su camino hacia ninguna parte sin darse cuenta de que las miradas de varios de los curiosos que se agolpaban ante la cinta amarilla se habían clavado en ella y seguían sus movimientos, atraídos por su sobrenatural belleza. Un chaval de diecisiete años, con la mente absolutamente nublada por las hormonas, decidió que Faith le interesaba más que la sesión improvisada de necrofilia con la que se había encontrado y que no perdía nada por intentarlo con ella. La siguió en silencio durante unos metros, como hipnotizado por el contoneo de sus nalgas dentro de los vaqueros, hasta que, finalmente, reunió el valor suficiente para hablarle…

- ¿Qué hace sola por la calle una chica tan guapa como tú? – le dijo, acelerando el paso para caminar a su altura.

- Buscar compañía… ¿qué voy a hacer si no? – le contestó Faith con una sonrisa – y tú… ¿eres virgen o sólo lo pareces?

- ¡Yo no soy virgen! – dijo el chaval indignado - ¿por qué piensas que lo soy?

- Oh, claro que no lo eres – le dijo Faith interponiéndose en su camino. Rozó levemente sus pechos contra él. Una de sus manos fue bajando hacia su entrepierna - ¿cómo va a ser virgen un chico tan guapo como tú? – la mano empezó a subir y bajar lentamente, acariciando la tela del pantalón. El chaval tenía una erección tan pronunciada que daba la impresión de ser dolorosa.

- ¿Y tú… eres virgen? – le dijo estúpidamente mientras ella metía la mano por dentro de su pantalón y empezaba a masturbarlo con lentitud. Faith dejó escapar una dulce risilla al escuchar la pregunta – Tienes la mano… muy fría…

- ¿Cómo te llamas, chico guapo?

- Bri… Brian.. – contestó entre jadeos – oye… ¿eres una puta? No tengo… mucha pasta...

- Vale, Brian… - le dijo Faith, sin dejar de masturbarle – para empezar, a una chica no se le preguntan esas cosas. Si soy virgen o no es algo que no te incumbe. Para seguir, yo tengo 21 años y tú debes tener unos 16, así que, se sobreentiende que yo NO soy virgen y tú, probablemente, sí, y para acabar… si me acompañas a un sitio, te voy a follar como no te han follado en tu puta vida – nada más escuchar la frase “te voy a follar”, Brian descargó un abundante chorro de esperma dentro de su pantalón - y no tengo la menor intención de cobrarte por ello.

Faith sacó su mano de aquel acogedor refugio mientras el joven la miraba con una expresión que oscilaba entre el agradecimiento y la sorpresa. Un grumoso chorretón de esperma brillaba sobre sus dedos a la luz de las farolas. Pensó en lamerlo para Brian mientras lo miraba con lascivia, pero decidió que aquello no era necesario, que el chico ya era suyo y que, además, hacerlo habría sido demasiado vulgar, así que, con un gesto de lo más natural, se limpió los dedos contra la palma de la otra mano para después frotarla contra la pared librándose así del pegajoso fluido.

- Tengo… 17… años… no 16 – respondió al fin Brian mientras, avergonzado, buscaba en sus bolsillos algo con lo que limpiarse la entrepierna – ¿de verdad vas a follar conmigo? - Faith asintió levemente con la cabeza, posando con coquetería su dedo índice sobre el labio inferior en una obvia referencia fálica - Oye… esto… ¿y tú cómo te llamas?

- Me llamo Faith – le respondió sonriente, rodeando su cintura con el brazo – vamos, ven conmigo... - reanudaron su camino agarrados, como cualquier pareja de adolescentes - ¿sabes? creo que voy a ser la protagonista de tus pensamientos durante todo lo que te queda de vida.

Al fin y al cabo, y en contra de todo pronóstico, Faith no iba a pasar hambre esa noche…

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