miércoles, 24 de febrero de 2010

If I Was Your Vampire VIII

Quienes me leéis desde hace poco, probablemente no sepáis que este blog no es más que un mal duplicado del que tengo en spaces.live desde 2007... ni que estoy copiando poco a poco las entradas de ese blog en este.

Probablemente, tampoco sabréis que, hace ya bastante tiempo, empecé a colgar capítulos de un relato de vampiros que se titula "If I Was Your Vampire" en el otro blog. Y, claro... como no sabéis nada de nada sobre la historia, igual os resulta ligeramente insípido el capítulo que voy a colgar hoy... ya que no es más que un "capítulo de transición", en el que no acaba de pasar gran cosa y que, sin el resto de la historia, no vale nada (YO soy mi crítico más despiadado ¿que no? XD), aunque no por eso lo considero prescindible. De todas maneras... espero que os guste.

Para quienes ya os habéis leído el resto: estad tranquilxs... pronto colgaré más.

Para quienes no (o para quienes quieran refrescar la memoria).... aquí tenéis los links:


Y, sin más dilación... os dejo con Akasha.

If I Was Your Vampire VIII

Se despertó sola en cama, y dio gracias a Lilith por ello, porque, aunque le gustaba disfrutar del sexo, había una cosa que no soportaba, y era encontrarse a un tipejo desnudo babeando a su lado nada más abrir los ojos. Marduk lo sabía de sobra, porque no era la primera vez que pasaba por su cama, y, en cuanto empezó a anochecer, se vistió y se marchó de allí.

La vampiresa se levantó, cubrió su cuerpo desnudo con un ligero camisón negro y se dirigió al escritorio de la habitación. Era viernes y tenía trabajo pendiente. Encendió su ordenador portátil y se conectó a Internet para buscar la dirección del Bluebird. No le costó demasiado encontrarla… incluso tenían página web propia, así que, aprovechó para informarse también sobre cuál era el tipo de local que le gustaba a alguien como Lestat. No es que hubiese demasiada información útil en la web del bar (la “historia” de este, los conciertos de jazz y blues que habían organizado a lo largo de su existencia y algunas fotos de sus clientes habituales), pero al menos sabría el tipo de gente que lo frecuentaba y cómo vestirse para no desentonar, porque, aunque le gustase llamar la atención, no le hacía gracia la idea de parecer fuera de lugar.

A juzgar por las fotos, la clientela del Bluebird era bastante heterogénea, y no había un patrón estético concreto, sino que parecía valer todo. En una de las fotos, una mujer llevaba un vestido largo de noche, y, en la siguiente, salía un hombre gordo embutido en una camiseta blanca combinada con unos vaqueros de lo más cutre. Entre estos dos extremos, había estilos para todos los gustos, desde hombres de traje y corbata hasta un pequeño grupo de punks… y, entre todas las fotos, había una de Lestat.

Estaba sentado en la barra, solo, sonriéndole a la cámara y fumando… pero había algo extraño en sus ojos. Akasha miró fijamente la foto, intentando averiguar cuál era el problema, pero, a pesar de saber que allí ocurría algo raro, algo que la inquietaba, por mucho que buscase en la imagen, no lograba dar con el origen de esa sensación, así que, desistió y se dirigió al armario para sacar la ropa de caza para esa noche.

Se decidió por algo informal aunque efectivo… una camiseta negra que dejaba sus hombros al aire y marcaba sus poderosos pechos con un generoso escote, unos vaqueros negros bien ajustados y unas botas también negras, altas, estilo vaquera con un pronunciado tacón que estilizaban aún más sus largas y ya de por sí bien torneadas piernas.

Se miró y se admiró durante un buen rato en el espejo, mientras pensaba en esas absurdas leyendas de los humanos sobre vampiros que no se reflejan en ellos y huyen despavoridos al ver una cruz. Sus hermanos se habían encargado, a lo largo de los siglos, de difundir esas patrañas entre los mortales, y el efecto había sido justo el que buscaban: sólo unos cuantos dementes creían en la existencia de la estirpe de Lilith, y, además, sus mentes estaban confundidas por toda la información contradictoria que habían recibido durante cientos de años. Resultaba especialmente patético ver cómo, a veces, alguno de ellos se intentaba defender esgrimiendo un crucifijo como si se tratase de una especie de arma mortal.

Cuando se cansó de mirarse en el espejo, y decidió que su ya de por sí inflado ego se encontraba en el punto álgido, salió a la calle rumbo al Bluebird.

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