sábado, 21 de febrero de 2009

Violencia gratuita

Lo que vais a leer a continuación no es un relato, no tiene demasiado argumento, y se recrea a propósito en una cierta insanidad, crueldad y violencia... en general, cuando me pongo a escribir, lo que hago es dejarme ir, dejar que las palabras salgan solas y se unan entre sí buscando contar algo, así que, por mucho que este texto lo hayan tecleado mis dedos, en realidad, se ha escrito él solito (y si cuela, cuela :P).

Lo he partido en trozos para que no tengáis una sobredosis de sangre (y para que no os echéis atrás al ver tanta letra junta). De momento, sólo voy a colgar este... el resto ya irá cayendo cuando me apetezca.

Disfrutadlo ;)

La Justicia no tiene por qué ser poética

I

Primero cogí unos alicates. Prensé el cartílago de su nariz entre las frías tenazas y vi cómo un hilillo de sangre se deslizaba desde la fosa nasal izquierda hasta su boca. Su cuerpo se retorció en un espasmo, su pecho se hinchó y empezó a gritar con desesperación. Lo miré con desprecio… no quería banda sonora para arropar este acto de justicia social, así que, aflojé la presión en la nariz, la solté, y le golpeé con fuerza en la cabeza con el mango del alicate.

Empezó a gimotear mientras yo buscaba el rollo de cinta de embalaje.

Le metí un calcetín en la boca y se la tapé con la cinta. No con una tira, como hacen en las malas películas, sino rodeando toda la cabeza. Es la mejor manera de asegurarse de que no se va a soltar.

Sus patéticos gimoteos aún se escuchaban, pero muy apagados. Podía soportarlo, así que, volví al trabajo.

Sujeté su nariz de nuevo con el alicate y lo fui girando. Ofrecía más resistencia de la que me esperaba, pero no la suficiente… se desgarró con un sonido acuoso, y empezó a manar sangre a borbotones. “Mierda” pensé, “espero que no se desmaye o esto no tendrá sentido”. Quería soltar el trozo de su nariz sobre él con teatralidad, pero, cuando abrí los alicates, en lugar de caer, se quedó pegado, así que, me limité a tirarlo todo al suelo.

Fui hasta la mesa de trabajo y cogí el cuchillo de carnicero y un destornillador. Me paré delante de él para observarlo un poco. En la silla, con la sangre resbalando por su cuello y empezando a teñir la camisa de un rojo oscuro que casi llegaba al morado, resoplando y sudando, mientras me miraba con ojos incrédulos, se parecía más a un cerdo que a una persona. Empecé a hurgar con el destornillador en la viscosa herida donde solía estar su nariz, jugueteando con la carne viva, removiéndola. Se puso a llorar como un niño… no estoy muy seguro de si era por el dolor o si lloraba pretendiendo darme lástima, pero yo, como respuesta, metí la punta del cuchillo en la herida, para horadarla un poco más cortando pequeños trozos de carne.

Aquello empezó a darme asco, porque la sangre y los pedazos de carne sanguinolenta se entrelazaban con las verdosas mucosidades segregadas por lo que quedaba de su nariz amalgamándose en una especie de pasta marronácea, así que, apoyé el cuchillo y el destornillador en su regazo, y le abrí la camisa con una cierta violencia, rompiendo unos cuantos botones en el proceso. Tampoco es que importase demasiado, porque no la iba a volver a usar. Por un lado, porque las manchas de sangre son muy difíciles de limpiar, y por otro, porque no tenía la menor intención de dejarlo salir vivo de mi garaje.

No tenía un plan concreto para su pecho, así que, hice lo primero que se me ocurrió… coger el cuchillo y grabarle sobre el corazón el pentáculo de Baphomet. Era estéticamente impactante… la carne cercenada para hacer el dibujo, la piel que se abría como si se fuese a desgarrar allí donde las líneas se cruzaban, y la sangre chorreando en finos hilillos, como si fuesen pequeños ríos de vida que corriesen sobre su cuerpo. No pude resistir el impulso de fotografiar una imagen tan bella y con tanta fuerza.

Ya no lloraba… simplemente resollaba, produciendo pequeñas globitas de moco en el caos de carne y sangre que había sido su nariz. Parecía resignado, casi indiferente, ante lo que le estaba haciendo, y aquello no me gustó.

Cogí los alicates del suelo y apreté su pezón derecho, con la esperanza de no estropear el pentáculo. Aquello debió despertarlo de su resignación, porque cerró los ojos con fuerza y apretó los puños. Su pezón se aplastaba entre las tenazas del alicate, y la piel alrededor de la aureola empezó a adquirir un color insano. Tiré con fuerza, intentando arrancarlo limpiamente, sin girar la muñeca, pero la carne no cedía. La herida que formaba la parte izquierda del pentáculo empezó a desgarrarse por culpa de la fuerza que estaba haciendo al tirar, y la sangre manó con más abundancia. Cogí el cuchillo de su regazo y efectué un pequeño corte sobre la piel inmediatamente superior a la aureola. No hizo falta más… la herida se abrió rápidamente, y el pezón se despegó del cuerpo, arrancando también un trozo triangular de piel del pecho como premio por mi esfuerzo y mi destreza.

Me entraron ganas de hacérselo tragar… pero claro, le había tapado la boca para que no gritase.

Decidí que se merecía un castigo especial por no dejar de estropearme la diversión una y otra vez.

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