lunes, 7 de enero de 2008

No es mi estilo y (aún encima) es demasiado obvio...

Volando en Libertad

Volaba… volaba tan alto que el sol quemaba sus ojos y lo cegaba, y, cuando veía hacia arriba, sólo contemplaba el vacío. Pero no estaba solo, había más pájaros acompañándolo en su vuelo, agitando majestuosamente las alas, seguros de que nadie podría nunca volar a mayor altura que ellos.

No eran demasiados, la mayoría se contentaba con flotar por las corrientes de aire, saltando de una a otra, dejándose conducir… era mucho más fácil y descansado, y, cuando miraban hacia arriba y veían al pequeño grupo de aves flotando sobre ellos, pensaban con condescendencia “menudos pringaos... así, se cansarán y acabarán cayendo al suelo”. Pero hablaban sin saber… porque nunca habían volado a esa altura, porque no sabían lo que era sentir cómo tus alas se van haciendo más fuertes, ni sabían tampoco que cada vez te cuesta menos mantenerte allí arriba, hasta que, al final, vuelas sin ningún esfuerzo, y volar por encima del resto se convierte en algo tan natural como respirar.

El pájaro volaba sobre ellos con el resto de sus compañeros de viaje, y le gustaba cómo se veía todo desde allí arriba, y también le gustaba saber que otros pájaros valoraban como él el hecho de ser capaces de volar sin ayudas, de flotar sobre los demás en plena libertad y decidir en cada momento hacia dónde dirigirse.

Pero un día, tal vez por envidia, tal vez por crueldad, tal vez por puro odio, alguien decidió que él no merecía volar tan alto, y, aprovechándose de que dormía, le empezó a arrancar una a una las plumas de las alas… él se despertó, y le preguntó, aún medio adormilado “¿qué me estás haciendo?” a lo que le respondieron “tranquilo, he visto que tenías unos extraños parásitos en las alas y te los estoy matando”. Se mostró confiado, y se dejó hacer, dándole incluso las gracias a aquel siniestro personaje. Sentía el dolor que acompañaba a cada pluma arrancada, pero su bienintencionada mente no llegó a pensar que le estuviesen haciendo algo malo.

A la mañana siguiente, extendió las alas y se arrojó al vacío, como siempre… y, en lugar de elevarse, contempló asustado cómo el suelo se iba acercando a una velocidad cada vez mayor, hasta que, finalmente, se estrelló de cabeza contra él y perdió el sentido.

Se despertó dolorido, sin acabar de comprender muy bien lo que le había ocurrido. Fue entonces cuando finalmente reparó en sus alas… le dolían por lo furiosamente que las había agitado durante la caída, y estaban cubiertas de heridas, sin una sola pluma.
El pájaro se derrumbó y empezó a llorar desconsoladamente mientras gimoteaba “¿cómo he podido ser tan tonto? Ahora ya nunca podré volver a volar, y tendré que arrastrarme por el suelo… “, pero una voz dulce lo interrumpió “¡hola! ¿por qué lloras? ¿qué te ha pasado?” Él miró al otro pájaro con desconfianza, y le respondió “alguien me ha arrancado las plumas de las alas…” y, acto seguido, se apartó de él. “¿Por qué escapas? ¿No me reconoces?” le dijo el pájaro “vuelo cerca de ti muchas veces… y creo que ahora necesitas mi ayuda”. Con esa frase, nació una amistad. Encontraron un refugio para el pobre pájaro desplumado en un oscuro agujero, y su amigo le traía algo de comer cada día, y, se pasaban horas y horas hablando sobre todos los temas posibles, aunque el más recurrente era cuánto les gustaba volar en libertad por encima del resto de las aves.
Habían pasado ya unas semanas cuando el amigo de nuestro pobre desplumado decidió proponerle algo “¿qué te parecería volver a volar? Puedes subirte sobre mi lomo y volaremos juntos”. Desplumado sabía que aquel pájaro no albergaba ninguna mala intención, y que su amistad era desinteresada, pero su corazón estaba lleno de desconfianza por lo que le había pasado, y no fue capaz de aceptar la generosa oferta de su amigo.

Y siguieron pasando las semanas, entre charlas sobre la libertad de volar y fantasías sobre los viajes que harían los dos juntos si algún día a desplumado le volvía a crecer el plumaje, y, aunque su amigo le repetía una y otra vez su ofrecimiento, desplumado buscaba excusas para rechazarlo “no podrías conmigo”, “te haría perder el equilibrio y nos mataríamos los dos”…
El amigo sabía en el fondo por qué rechazaba su oferta, había confiado en la “bondad” de un extraño y eso le había destrozado la vida, pero la situación le iba cansando cada vez más, porque sus buenas intenciones eran sinceras, así que, un día, decidió poner las cartas sobre la mesa, y le dijo directamente “sabes que soy tu amigo, te he alimentado durante todos estos meses… ¿por qué no quieres volar conmigo? ¿crees que te dejaría caer?”. Desplumado miró hacia el suelo avergonzado… sabía que su desconfianza no estaba justificada, había tenido demasiado miedo como para volver a confiar en alguien, pero su amigo le había demostrado una y otra vez su aprecio, así que, decidió que le debía eso… y le dijo “déjame subir sobre tu lomo ahora… quiero volar contigo, quiero volver a sentirme libre”.

Salieron del agujero en el que se escondía desplumado, este se montó sobre su amigo y los dos pájaros se elevaron hacia las nubes… al principio torpemente, y luego ya con más gracilidad. Volaron hacia el sol, lo más alto que pudieron, y fue entonces cuando desplumado se dio cuenta de que sus alas volvían a estar recubiertas de un denso plumaje… y se soltó del lomo de su amigo gritando de alegría, agitando vigorosamente las alas y haciendo cabriolas.

Y desde ese día, no volvieron a separarse, y volaron juntos y en libertad por todo el mundo.

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