miércoles, 12 de diciembre de 2007

Al final me acabaré cansando, pero mientras...

If I Was Your Vampire...


IV


Con el estómago lleno y un rubor casi sexual encendiendo sus mejillas, se desnudó, y caminó hasta su habitación para acostarse entre las suaves y frescas sábanas de seda de su lecho.

Ya se encontraba mejor, más relajada, y podía al fin pensar fríamente en lo que había pasado esa noche.


Aquel arrogante humano se limitaba a ir de duro, pero mostraba interés por ella, quería acercarse, quería tenerla, como todos. Jugaba, al igual que ella, y eso la había cogido por sorpresa, porque no estaba acostumbrada, porque incluso los que iban de duros caían con facilidad, porque algunos habían llegado a fingir que no querían nada con ella, pero nunca antes nadie se había marcado un farol tan grande como el de darse la vuelta y marcharse. Akasha se sintió como si no hubiese estado a la altura de las circunstancias, se había comportado como una colegiala, se había dejado llevar por la situación, en lugar de actuar fríamente, como solía hacer…


Pero aquello no se volvería a repetir, el viernes iría al Bluebird y lo pondría contra las cuerdas. Pronto se arrepentiría de haber intentado jugar con ella, porque, jugando, Akasha era la mejor…


El sonido del timbre interrumpió el hilo de sus pensamientos. Se levantó de la cama, cubrió su voluptuoso cuerpo con un batín de raso negro y fue a abrir la puerta.


- Oscuras noches, hermana – dijo desde la puerta el vampiro - ¿me invitas a tu morada?


- No seas gilipollas, Marduk – respondió Akasha sonriendo – y entra, anda. Me vienes como caído del cielo… tengo un fiambre del que deshacerme.


- Tú y tu puta manía de traerte la comida a casa… Un día de estos el Príncipe se va a cabrear de verdad.


- No soy ni la primera, ni la única que se lleva la comida a casa… y, además, ¿alguna vez he roto la mascarada? ¿Alguna vez me he ganado algún castigo? – Le dijo Akasha, poniéndose a la defensiva - Me parece que no necesito lecciones de ninguno de vosotros.


- Hey, tranquila… sólo bromeaba – Se disculpó Marduk, iluminando su rostro con una hechizante sonrisa vampírica – y sabes que siempre estoy dispuesto a ayudar a la reina de los condenados a ocultar las pruebas del crimen.


- Qué tontín que eres a veces, Marduk. Anda, vete a la cocina a por un par de bolsas de basura, que yo me llevo este despojo a la bañera.


La vampiresa sujetó el cadáver por una pierna, lo arrastró hasta el baño y lo metió en la enorme bañera negra sin mayor esfuerzo. Un cuerpo sin sangre sigue estando repleto de residuos, y, por lo tanto, aquel era el mejor sitio para descuartizarlo dejando el mínimo rastro posible. Desnudó el cadáver prenda por prenda, doblando cada una de ellas cuidadosamente. Observó el cuerpo desnudo, blancuzco, sin gota de sangre, y entrelazó los dedos de su mano derecha con los de la mano izquierda del muerto. Estaba fría, pero eso no le importaba demasiado. Sujetó el antebrazo con su mano libre y, con un leve tirón, arrancó de cuajo la mano. La arrojó hacia un lado, y siguió por el antebrazo. Los miembros hacían un sonido acuoso y crujiente al romperse, y las heridas no sangraban, pero segregaban una mucosidad viscosa y pestilente.


Marduk apareció en el marco de la puerta y, tras echar una mirada indiferente al cuerpo semidescuartizado, cogió un pie de la bañera y lo echó en una de las bolsas de basura.


- Voy recogiendo esta porquería mientras acabas ¿vale? Intenta no salpicarme.


Akasha asintió con la cabeza mientras clavaba los dedos en el pecho del cadáver, que ahora no era más que un torso decapitado. Se abrió paso entre la piel muerta, para intentar sujetar firmemente el esternón. Las heridas rezumaban grasa amarillenta, pero ese fue el mayor contratiempo que se encontró. Arrancó el hueso, y, con él, una parte de caja torácica, dejando aquella carcasa abierta y lista para el desguace. Una especie de vapor emanaba de los órganos muertos, despidiendo efluvios nauseabundos. No era precisamente el trabajo de un experto matarife que abre un cerdo en canal… la piel colgaba desgarrada, humedeciéndose en un caldo de mucosidades dentro del cuerpo, las costillas, brutalmente cercenadas, dejaban escaparse grumos de médula ósea, astillas de hueso salpicaban los órganos internos…


La vampiresa agarró el pulmón derecho, lo arrancó y lo tiró en una de las bolsas. No le gustaba demasiado tener que hacer aquello, no le gustaba que los asquerosos fluidos corporales de sus víctimas ensuciasen su bañera, ni disfrutaba despedazando sus órganos y rompiendo sus huesos, pero era algo necesario para mantener la mascarada. Había que deshacerse de los cuerpos, y aquella era la mejor manera.

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