jueves, 4 de octubre de 2007

Un relato que escribí hace algún tiempo...

Recibirás lo que has dado

Linn no era una chica especialmente rara… era sociable, alegre, y tenía un montón de amigas, pero sentía una extraña atracción por el lado oscuro de la vida, y por las cosas siniestras… tal vez fuese por aquel extraño suceso que su mente no era capaz de recordar. Sabía que había sido algo fatídico y que le debería haber marcado para siempre, pero, en lugar de eso, su mente lo bloqueó, lo enterró en lo más profundo de su consciencia y le permitió seguir con su vida como si nada hubiese ocurrido… hasta aquella noche.

A Linn le gustaba la literatura de terror, la parafernalia oscura, y siempre le había hecho ilusión practicar el sexo en un cementerio, así que, cuando su novio le propuso ir esa noche hasta el cementerio del pueblo, no dudó ni un instante.

El cementerio estaba apartado, en un oscuro y solitario páramo, como lo suelen estar los cementerios de los pueblos, puede que para apartar la idea de la muerte de las mentes de la gente, o puede que por un temor arcano a ese montón de cadáveres que se pudren lentamente.
Los chicos saltaron el muro sin mayor problema, y no había nadie para verlos, porque nadie se suele pasear por las cercanías de los cementerios durante la noche.
Había luna llena y se veía bastante bien, pero no por ello la estampa de las tumbas en la noche era menos aterradora… Se veían grises, con aquellas fotos de gente muerta, con aquellos bustos de Jesucristo sangrando, de la Virgen llorando, o con esos absurdos querubines que, a pesar de su ridiculez, en el medio de toda aquella muerte adquirían un matiz siniestro.
Las pequeñas llamas de los cirios le daban un aire aún más fantasmagórico al lugar, con ese bailoteo que hacía moverse las sombras, que hacía que su imaginación se disparase y creyesen ver extraños seres agazapándose y huyendo de su mirada mientras esperan el momento adecuado para abalanzarse sobre ellos.

Se pasearon entre las tumbas durante un buen rato, con una mezcla de fascinación y terror, y, entonces, él la agarró, la llevó con delicadeza contra una pared de nichos y la besó profundamente. Ella se dejó hacer, porque era lo que estaba deseando desde un principio. Sintió cómo sus brazos la rodeaban y la apretaban contra él, sintió cómo sus pezones empezaban a endurecerse y dirigió su mano hacia la abultada entrepierna…

En ese momento, una especie de estertor empezó a sonar casi a su lado… los amantes se separaron algo asustados buscando el origen del sonido. Él se quedó completamente pálido y empezó a temblar… ella, en cambio, sintió curiosidad y caminó hacia el sonido, avanzando por un estrecho pasillo entre los nichos, sin preocuparse por su asustado novio… según se iba acercando al origen de aquel ruido, el estertor parecía cobrar otro matiz, pareciéndose cada vez más a su propio nombre. Finalmente, llegó al centro del cementerio, donde se alzaba un olmo, y, cuando vio al ser que colgaba ahorcado de una de sus ramas, su memoria abrió las puertas de repente, y recordó a aquel antiguo novio que se había quitado la vida por ella, aquel pobre desgraciado al que nunca había querido realmente, y que fue incapaz de superar la ruptura… era él el que colgaba del árbol y la llamaba.
Linn quiso huir, quiso echar a correr, pero sus piernas no le obedecían y la llevaban hacia aquella aparición de lengua hinchada y ojos fuera de las órbitas…
Vio cómo le tendía la mano y aquella especie de fuerza que la empujaba hacia él la obligó a cogérsela y escuchar el mensaje que tenía para ella.

La mano de Linn tocó la del cadáver, que estaba fría y áspera, y el muerto sólo dijo, con voz cavernosa y entrecortada “Recibirás lo que has dado”, para desaparecer después.

A la mañana siguiente, el guarda del cementerio encontró a Linn agazapada al lado de la puerta. Intentó hablarle, preguntándole quién era, y qué estaba haciendo allí, pero la chica estaba en estado catatónico, y era incapaz de articular palabra. Unas marcadas ojeras rodeaban aquellos ojos de mirada perdida, y la expresión de terror de su rostro hizo que el guarda se estremeciese.

Fue entonces cuando el guarda se percató de lo que había un poco más adelante, y no pudo evitar vomitar al verlo. Al pie del nicho en el que se habían intentado dar calor, el nicho que era, precisamente, la tumba de aquel antiguo novio suicida, estaba el cuerpo violentamente descuartizado del otro chico, sus entrañas estaban desparramadas, su sangre y pequeños trozos de carroña salpicaban los alrededores del nicho y, en la pared, escrito con sangre, se podía leer “Ahora también estás sola”.

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